
Hay lágrimas que cuentan mucho más que cualquier clasificación. Las de José Juan Romero al término del partido ante el Real Valladolid fueron precisamente eso: el reflejo de una tensión que llevaba demasiado tiempo acumulándose.
El primer punto de la temporada llegó en el minuto 100, cuando Carlos Hernández encontró el gol del empate y evitó que la AD Ceuta FC volviera a marcharse de vacío. Cuando el árbitro señaló el final, Romero no pudo contener la emoción. Y probablemente tampoco necesitaba hacerlo.
Porque detrás de esas lágrimas estaban las cinco derrotas consecutivas, la presión de un comienzo de Liga complicado y las circunstancias extraordinarias que ha vivido Ceuta desde finales de julio. Demasiado peso para cualquiera. También para un entrenador que ha defendido a su equipo incluso cuando los resultados no acompañaban.
El fútbol, a veces, devuelve en un instante todo lo que te ha quitado durante semanas. Y ese gol en el minuto 100 tuvo algo de desahogo colectivo. Romero lloró. También lo hizo Omar Sadik, desconsolado después de su expulsión en el minuto 91. El delantero tuvo que ser animado por sus compañeros y por el cuerpo técnico.
Y en las gradas también hubo emociones. El Alfonso Murube volvió a convertirse en ese lugar donde el fútbol es mucho más que fútbol. Juan Vivas recibió una sonora ovación al grito de "¡Illa, illa, illa, Juanito maravilla!", mientras Luhay Hamido también era aclamado por la afición.
Todo ocurrió en una tarde en la que volvió a escucharse con fuerza aquello de "Un caballa nunca se rinde".
Quizá ese sea el mejor resumen de lo ocurrido. El Ceuta no ganó. Solo sumó un punto. Pero después de cinco jornadas de sufrimiento, ese punto supo a mucho más.
Las lágrimas de JJ Romero no fueron de alegría únicamente. Fueron de alivio, de rabia contenida, de orgullo y, probablemente, de necesidad de sentir que tanto esfuerzo empieza a tener recompensa.
Porque hay momentos en una temporada en los que un punto no cambia la clasificación, pero sí puede cambiar el estado de ánimo.
Y el Ceuta necesitaba precisamente eso: un motivo para volver a creer.

















