Siempre sospeché que lo de Lance Armstrong no era normal. Me parecía sobrenatural que un hombre pudiera ganar siete Tours de Francia y, mucho más, que lo hiciera de forma consecutiva. Más increíble se me antojaba aún que el tejano pudiera pulverizar de esa manera tan brutal los históricos registros de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin –los cuatro pentacampeones de la Grande Boucle- tras haber superado un cáncer testicular. Sin embargo, mientras ciclistas y más ciclistas, no sólo pardillos sino también figuras de relumbrón, iban cayendo en las redes del sistema antidopaje, el estadounidense resultaba siempre ileso. Siempre bajo sospecha, pero siempre ileso.
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